El domingo fui a ver
La paranoia de Spregerbuld. El año pasado había visto
Lúcido y me prometí a mí misma que iba a seguir cada cosa que hiciera Spregerbuld. Volverme una de esas groopies que ya no existen era mi objetivo.
Luego de la obra reconfirmé una hipótesis que venía rondando hace mucho en mi cabeza: el teatro es la más revolucionaria de las artes. Porque no solo pone en escena la literatura sino que te interpela directamente. Y lo que pasa con
La paranoia, que es lo que suele pasar con las obras que más me gustan, es que reflexiona constantemente acerca de las condiciones de producción de la obra. En ningún instante uno se olvida de que es ficción; como decía Brecht que debía ocurrir en el teatro revolucionario. Me hizo acordar al último poema que leyó Daniel Durand en el
ciclo donde reflexionaba sobre distintas formas de escribir poesía, como por ejemplo el haiku. Y lo que pasaba con ese poema, que es lo mismo que pasaba con la obra, es que daba risa. Y todos sabemos que uno de los motores que más fácilmente provocan al pensamiento es la risa. Es como si ella despertara algo interno al cuerpo y conectara más neuronas que de otra forma. Es más, si pienso en qué tipos de hombres me gustan, creo que son los que tienen la capacidad de reírse de sí mismos, de no tomarse en serio.
Lo primero que llama la atención de la obra es su duración: tres horas. Que sea larga, sin intervalo, es un desafío no sólo para el espectador sino también para el elenco que debe mantener al público en constante estado de excitación para que no se aburra y se vaya. Sarlo, en “Escritos sobre literatura argentina” dedica un texto a hablar de la extensión de la novela de Pauls “El pasado” y al referirse a la extensión, dice “allí hay algo que obliga a pensar”. Lo mismo ocurre con
La paranoia, elegir una obra de tres horas sin intervalo obliga a pensar. El año pasado Ariane Mnouchkine hizo lo mismo con Los efímeros, obra que duraba ocho horas, (con intervalo, por supuesto). Yo se que hay gente que no entiende esto, pero
yo prefiero estar viendo ocho horas de una obra buena, realmente buena, que te haga pensar, que media hora de una pelotudéz atómica.
Como dicen los
150 monos, la obra también pone en escena la tecnología, aunque debo decir que el uso de la misma de forma revolucionaria lo vi primero en
Manifiesto de niños, en el Konex, o en
una obra de Lola Arias que formaba parte de la trilogía “Sueño con un revolver”. Lo que es muy interesante de lo que señalan es que Spregelburd
"le ha devuelto a la comedia el lugar que le correspondía en la escena nacional". Como dijo Benjamin
para hablar del teatro épico de Brecht: “Advirtamos no más que marginalmente que no hay mejor punto de arranque para el pensamiento que la risa”.
Pero lo que me interesó sobre todo fue la comparación con un fractal. Hay un libro muy interesante que no me acuerdo bien como se llama escrito por Ilya Prigogine que analiza la teoría del caos y para eso “da vuelta” la noción ordinaria del tiempo. La teoría del caos serviría para pensar sistemas inestables y bla bla bla. (Podría seguir hablando de esto, pero me iría de tema, además sería necesario introducir nociones de matemática o de estadística como procesos estocásticos, variables aleatorias, etc que no creo que muchos de los que lean esto les interese).
Lo que rescato de esta teoría es que para entender el caos es necesario utilizar otro tipo de variables, y ahí entrar a jugar los fractales que, como dicen
acá: en un fractal "la totalidad se parece a sus partes” y así es como “La noción de totalidad se escapa inevitablemente, huye el sentido”. Y lo llamativo para pensar esta teoría, que nos sirve para pensar la obra, es que uno de los principios de la Teoría de Caos establece el hecho de que dentro del Caos existe Orden y también dentro del Orden existe Caos. Paradoja Total. Como la ficción que se parece cada vez más a una telenovela venezolana que hace Spregerbuld.
Creo que me hace reconciliarme un poco con la matemática, ciencia con la cual estuve peleada mucho tiempo. La matemática, al igual que la risa, es una ciencia que te permite pensar. Por más que hubo un momento de mi vida en que la odie. Por más que hubo un momento en que llegué a un nivel de abstracción tal donde la realidad se perdía y uno se tenía que preguntar para que estaba haciendo esto. La economía es una ciencia que intenta justamente eso: reducir la realidad a un modelo para tratar de buscar soluciones al problema de los recursos escasos. Deje de creer en eso. Me volví agnóstica de la capacidad de predicción de los modelos. Para encontrar la capacidad de predicción preferí otras cosas. Por ejemplo, leer “Los lanzallamas” de Roberto Arlt.
Me fui de tema, vuelvo a la obra. La paranoia se vuelve política en todos los sentidos, no solo por los planteos acerca de adonde nos conduce este sistema sino porque plantea una salida. Incluso el hecho de que el mismo actor haga cuatro papeles poné en cuestión el rol del actor tradicional y nos hace acordar un poco a las compañías de teatro antiguas donde cada miembro debía saber todos los roles por las dudas y era mediante la rotación como se decidía quien actuaba qué personaje. Lo que nos hace pensar cuando es que una obra literaria o artística se vuelve política.
Como conclusión, una frase que dejo picando,
La revolución no está en el sentido, está en las formas
Pd: faltan más cosas para decir de la obra, pero mientras tanto, lo único que puedo hacer es recomendar que vayan a ver la obra. (Dato: Si compran las entradas en cartelera son más baratas).
Etiquetas: Recomendados